"La crítica de la religión desemboca en la doctrina de que el hombre es el ser supremo para el hombre y por tanto en el imperativo categórico de acabar con todas las situaciones que hacen del hombre un ser envilecido, esclavizado, abandonado, despreciable."
Karl Marx. Crítica a la Filosofía del Derecho de Hegel. 1844.
Ya vimos a dos personajes: un teólogo alemán y un siquiatra austriaco que escribieron en los inicios del facismo en Alemania. Ambos, desde sus puntos de vista nos indicaron sus horizontes: Barth con el Dios que se encarna (materializa) para inaugurar en nosotros su Libertad y Freud con el síntoma cultural de la autodestrucción neurótica. Ahora invito a Marx, quien escribe mucho antes, pero que nos muestra una ruta de reflexión práctica para localizar una posible utopía: el Ser Humano realizado.
En este pequeño apunte sobre la pertinencia del pensamiento crítico en la refleción política Marx desemboca en una crítica de la religión. ¿Por qué? Por una sencilla razón: para el abuelito Marx la religión, el Estado y la política comparten lugar en el imaginario colectivo. Las tres juegan a ser Dios sobre los seres humanos. Así que una crítica a la política es una crítica a la religión y viceversa. Una revolución religiosa conlleva también una cierta revolución al Estado. Me gustaría entonces conversar sobre este punto.
Para Marx la religión debe desaparecer y con ella sus pretenciones de dominación. Sin embargo, esa desaparición sugiere, en el pensamiento más tardío de Marx, un desplazamiento teológico de Dios: no más dioses del cielo (la religión insitucional), no más dioses de la tierra (el capitalismo, el mercado), es el tiempo del Ser Humano como escenario de divinidad. Sin duda que esto escandaliza nuestros castos oídos. Casi que inmeditamente nos suena a herejía. Pero si revisamos el fondo de su pretensión, esta no dista mucho de la del abuelito Barth. O sea, el escenario de la Humanidad es el único posible para la revelación de Dios.
Marx no fue teólogo, pero tuvo muy en cuenta la crítica teológica. Barth no fue economista, pero tuvo en cuenta el marxismo en su propia reflexión. Esto nos dice en primera instancia que la teología no se remite a un discurso depolitizado. Pero bueno, por aqui no me quiero ir.
Lo que resalto aqui en esta brevisima cita es la ruta antrolpológica para comprender adecuadamente, y sin excesos, la utopía humana: hombres y mujeres dignos/as, libres, protegidos e incluidos. Una ruta que sin duda compartimos como teólogos. Como lo comentaba Natanael Disla, el punto es "cómo saberse libres".
Esta utopía se visualiza desde la idea del socialismo, pero no por ello está lejana de nuestra utopía del Reino. El problema sin duda es el cómo llegar allí. Para nuestro abuelo eso solo se realiza si el Ser Humano es divinidad suprema para el Ser Humano. Sin embargo, la desaparición de la religión depende diametralmente de que se cumpla esto. Es decir, si el Ser Humano se asume así mismo, desde la ruta propuesta por Marx, automáticamente la religión opresora deja de funcionar.
Ahora bien, ¿es así esto?. Teóricamente sí. Pero en la práctica, por lo menos en lo que he visto en América Latina (AL), la ruta por la libertad, la inclusión, la dignidad y la protección tiene lugar cuando la espiritualidad está presente. La iglesia, tanto católica como no-católica, han dado una cuota importante para que en AL se camine hacia la liberación. Aclaro: no me refiero a la institucion católica o protestante, me refiero a las comunidades eclesiales que funcionan desde las bases. Estas han sido las que han y están participando en el proceso de emancipación humana.
Así que de lo que dice nuestro abuelito Marx es cierto en parte: cuando los seres humanos se asumen así mismos como Seres Libres, Dignos, Inclusivos y Fraternos, hacen de esta tierra un paraiso, un lugar en el que vale la pena vivir. Acontece el cumplimiento de la razón de ser del Ser Humano. Tambíen, con Marx nos percatamos de "situaciones" en las que la religión, la política y el Estado hacende nuestra convivencia humana un infierno: personas envilecidas, esclavizadas, abandonadas y despreciables. Y lamentablemente también estas situaciones se perciben al interior de las instituciones religiosas, políticas y Estatales.
¿Qué concluir? Si Freud nos señala el malestar de la autodestrucción en la cultura occidental, Barth nos recuerda la naturaleza de la revelación de Dios: Libertad para Dios, libertad para todos, ahora Marx nos ayuda a definir el tipo de convivencia humana que vive en auténtica libertad: es aquella que rechaza la autodestrucción, la exclusión, el envilecimiento, el abandono y la esclavitud.