miércoles, diciembre 02, 2009

El abuelito Marx y su sueño de una Humanidad que revele al Dios que obscultó la religión

"La crítica de la religión desemboca en la doctrina de que el hombre es el ser supremo para el hombre y por tanto en el imperativo categórico de acabar con todas las situaciones que hacen del hombre un ser envilecido, esclavizado, abandonado, despreciable."


Karl Marx. Crítica a la Filosofía del Derecho de Hegel. 1844.

Ya vimos a dos personajes: un teólogo alemán y un siquiatra austriaco que escribieron en los inicios del facismo en Alemania. Ambos, desde sus puntos de vista nos indicaron sus horizontes: Barth con el Dios que se encarna (materializa) para inaugurar en nosotros su Libertad y Freud con el síntoma cultural de la autodestrucción neurótica. Ahora invito a Marx, quien escribe mucho antes, pero que nos muestra una ruta de reflexión práctica para localizar una posible utopía: el Ser Humano realizado.

En este pequeño apunte sobre la pertinencia del pensamiento crítico en la refleción política Marx desemboca en una crítica de la religión. ¿Por qué? Por una sencilla razón: para el abuelito Marx la religión, el Estado y la política comparten lugar en el imaginario colectivo. Las tres juegan a ser Dios sobre los seres humanos. Así que una crítica a la política es una crítica a la religión y viceversa. Una revolución religiosa conlleva también una cierta revolución al Estado. Me gustaría entonces conversar sobre este punto.

Para Marx la religión debe desaparecer y con ella sus pretenciones de dominación. Sin embargo, esa desaparición sugiere, en el pensamiento más tardío de Marx, un desplazamiento teológico de Dios: no más dioses del cielo (la religión insitucional), no más dioses de la tierra (el capitalismo, el mercado), es el tiempo del Ser Humano como escenario de divinidad. Sin duda que esto escandaliza nuestros castos oídos. Casi que inmeditamente nos suena a herejía. Pero si revisamos el fondo de su pretensión, esta no dista mucho de la del abuelito Barth. O sea, el escenario de la Humanidad es el único posible para la revelación de Dios.

Marx no fue teólogo, pero tuvo muy en cuenta la crítica teológica. Barth no fue economista, pero tuvo en cuenta el marxismo en su propia reflexión. Esto nos dice en primera instancia que la teología no se remite a un discurso depolitizado. Pero bueno, por aqui no me quiero ir.

Lo que resalto aqui en esta brevisima cita es la ruta antrolpológica para comprender adecuadamente, y sin excesos, la utopía humana: hombres y mujeres dignos/as, libres, protegidos e incluidos. Una ruta que sin duda compartimos como teólogos. Como lo comentaba Natanael Disla, el punto es "cómo saberse libres".

Esta utopía se visualiza desde la idea del socialismo, pero no por ello está lejana de nuestra utopía del Reino. El problema sin duda es el cómo llegar allí. Para nuestro abuelo eso solo se realiza si el Ser Humano es divinidad suprema para el Ser Humano. Sin embargo, la desaparición de la religión depende diametralmente de que se cumpla esto. Es decir, si el Ser Humano se asume así mismo, desde la ruta propuesta por Marx, automáticamente la religión opresora deja de funcionar.

Ahora bien, ¿es así esto?. Teóricamente sí. Pero en la práctica, por lo menos en lo que he visto en América Latina (AL), la ruta por la libertad, la inclusión, la dignidad y la protección tiene lugar cuando la espiritualidad está presente. La iglesia, tanto católica como no-católica, han dado una cuota importante para que en AL se camine hacia la liberación. Aclaro: no me refiero a la institucion católica o protestante, me refiero a las comunidades eclesiales que funcionan desde las bases. Estas han sido las que han y están participando en el proceso de emancipación humana.

Así que de lo que dice nuestro abuelito Marx es cierto en parte: cuando los seres humanos se asumen así mismos como Seres Libres, Dignos, Inclusivos y Fraternos, hacen de esta tierra un paraiso, un lugar en el que vale la pena vivir. Acontece el cumplimiento de la razón de ser del Ser Humano. Tambíen, con Marx nos percatamos de "situaciones" en las que la religión, la política y el Estado hacende nuestra convivencia humana un infierno: personas envilecidas, esclavizadas, abandonadas y despreciables. Y lamentablemente también estas situaciones se perciben al interior de las instituciones religiosas, políticas y Estatales.

¿Qué concluir? Si Freud nos señala el malestar de la autodestrucción en la cultura occidental, Barth nos recuerda la naturaleza de la revelación de Dios: Libertad para Dios, libertad para todos, ahora Marx nos ayuda a definir el tipo de convivencia humana que vive en auténtica libertad: es aquella que rechaza la autodestrucción, la exclusión, el envilecimiento, el abandono y la esclavitud.

¿Para qué Dios?: dialogando con el abuelito Barth.

Schrift zufolge findet Gottes Enthüllung in der Tatsache statt, daß Gott Word wurde ein Mann, und dieser Mann ist Gottes Word geworden. Die Inkarnation des ewigen Wortes, Jesus Christus, ist Gottes Enthüllung. In der Wirklichkeit seines Ereignisses beweist Gott, daß Er frei ist, unser Gott zu sein


(De acuerdo a las Santas Escrituras la revelación de Dios toma forma concreta en el hecho de que el Decir de Dios se convirtió en Hombre, y que ese Hombre se convirtió en Palabra de Dios. La encarnación del decir sin tiempo de Dios, Jesus Cristo, es la revelación de Dios. Es en la realidad de este acontecimiento que Dios se muestra que Él es libre para ser, ser nuestro Dios. Traducción propia)


Karl Barth. Kirchliche Dogmatik. 1945. vol.I.1.p.2.

El decir de Dios (su razón de Ser) consiste según este teólogo alemán, en un acontecimiento concreto: la encarnación de Dios en el Jesús palestinense del primer siglo. Lejos de aceptar que este Decir de Dios consista en una abstracción del saber, como lo afirmaban algunos teólogos de su momento, Barth ubica el Decir divino en un acontecimiento ordinario (Dios es mientras acontezca en el mundo real y no solo en las ideas). Aunque solo sea una intención, este autor busca sacar a Dios del academicismo absurdo de quienes pesaron que Dios no tenía mucho que ver con la realidad concreta de los miserables. En otras palabras, para este "segundo" Barth, Dios es mientras acontezca.

Este es, a mi juicio, uno de los aportes más significativos en la teología protestante; incluso sobre el mismo Calvino o Lutero. Esta tesis, que apropósito es ámpliamente problematizada y desarrollada en su Dogmatik, representa la ruptura más importante de la teología con respecto a su pasado, pero además, contradictoriamente, también resulta ser el adherente más sólido de la teología con sus propios orígenes. Haber focalizado y aterrizado la idea, pero por sobre todo, el Decir de Dios a la realidad es algo que hoy por hoy nos sigue dejando mucho por hacer y pensar.

Referirse al Dios que es Dios solo cuando acontece en nuestro momento y situación histórica, es referirse a un Dios en una íntima necesidad de mostrarse como real ante quienes necesitan lo que él es en escencia: un Ser Libre. Lo que Barth afirma entre líneas es: el paraqué del Decir de Dios es mostrarse al mundo real y práctico de la gente, y el paraqué de su revelación es para inaugurar sobre nosotros su Libertad. ¡Vaya tesis fantástica!

Quien se encuentre con ese Dios que acontece en la realidad (siempre contingente) de la Humanidad, es quien resulta experimentando y conociendo su Libertad. Quien insista en presentar a Dios como ajeno y lejano nuestra realidad es quien, engañado por sus ilusiones (siempre ordenadas sistemáticamente), se cree libre al encadenar a Dios. Actitud que sigue prevaleciendo en nuestros días.

Mientras más distante se encuentre el Decir de Dios de la realidad de la mayoría de la gente, más se fortalece el discurso de "la libertad" para poder ser, sin que ello implique ser un ser libre. Haber me explico.

Por un lado, "la" libertad para ser, no es más que el encadenamiento a lo ideal, a lo abstracto, a lo estéticamente virtuoso. Pero por otro lado, el ser libre difiere de "la" libertad en tanto que pluraliza su comprensión y además porque remite al acontecimiento del ser-en-el-mundo; dejando así en segundo lugar el conocimiento de la "cosa" que queremos llamar "la" libertad. Es un cambio paradigmático de ver la libertad como cosa, a experimentar el ser libre como revelación del Dios que se dice así mismo Libre.

"La" libertad es una libertad puesta en formas, por ende censurada. Una libertad fetichizada. Una libertad proyectada como producto consumible y perecedero. Pero cuando somos capaces de referirnos al ser libre como una sencibilidad humana, como una postura ante la realidad y las cosas, ese discursito de "la" libertad se derrumba, porque en el fondo lo que necesita el ser humano no es "tener" la libertad, sino de "producirse" así mismo como un ser libre. Esto tiene efectos devastadores en cuanto se pone sobre la práctica. Mientras que la institucionalidad nos invita a tener lo que ofrecen, Dios nos grita para producirnos alternativamente como seres libres.

En síntesis: Dios existe para los seres humanos encadenados mientras sea totalmente Libre, por ende, alterno a lo que encadena a los seres humanos. Y si existe, existe para mostrarse a nosotros por medio de un Decir acontecido, un decir concreto en el tiempo, las crisis y el espacio, o sea, un Decir que se subvierte a la idolatría del orden de las cosas, pero que se realiza en la Vida, para Decir así es que Dios existe. Si la revelación de Dios no existe para ello, no sirve para nada y no sirve para nadie.

(Continuará...)

lunes, noviembre 30, 2009

¡Alerta! La enfermodernidad en la cultura lationamericana cobra sus víctimas a diario y ningún medio lo informa

A mi juicio, el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si -y hasta qué punto- el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas del instinto de agresión y de autodestrucción. En este sentido, la época actual quizá merezca nuestro particular interés. Nuestros contemporáneos han Ilegado a tal extremo en el dominio de las fuerzas elementales que con su ayuda les sería fácil exterminarse mutuamente hasta el último hombre. Bien lo saben, y de ahí buena parte de su presente agitación, de su
infelicidad y su angustia. Sólo nos queda esperar que la otra de ambas «potencias celestes», el eterno Eros, despliegue sus fuerzas para vencer en la lucha con su no menos inmortal adversario. Mas, ¿quién podría augurar el desenlace final?.


Sigmund Freud. El malestar en la cultura. 1929.

En estas breves líneas quisiera expresar desde "mi malestar" una perspectiva sobre la neurótica sencibilidad de la cultura de la competencia y el triunfo sin fin que se impone en nuestros contextos. Una enfermedad de la que no se habla. La padece medio mundo, pero no muere quien la padece sino quien no puede padecerla. Es el genocidio de la contradicción. Algo que en mi laboratorio denomino "la enfermodernidad de nuestra América Latina". Espero que tomemos conciencia de ella.

Expresiones como "tengo que ser el mejor" "el fracaso no existe en mi vocabulario" "fui llamado a vecer" entre otras muchas, constituyen la fuente del imaginario social del ser humano ideal. Desde temprana edad se nos interiorizan una serie de discursos que nos instalan una actitud "técnica" ante la vida y ante las relaciones con los demás. Los responsables, aunque no lo entendamos así, no son directamente nuestros padres. También los profesores, líderes religiosos, juegos, propagandas, actividades, etc., son quienes han cooperado para que este imaginario se sostenga, y lo que es peor, se legitime como cierto y veraz.

Cuando digo imaginario, digo el conjunto de imágenes con las cuales se simboliza algo. En este caso, la forma en la que socialmente se imagina a una persona ideal. Así las cosas, el hombre ideal, el joven ideal, el niño ideal, el cristiano ideal es quien desarrolla una actitud "técnica" ante la vida. Sin importar los sentimientos y sentires de los demás, se introyecta, a través de este tipo de imaginarios, la sensación de que quien piense así es el Übermansch de Nietzsche. O sea, alguién que es un Todopoderoso, alguién que lleva su "voluntad de poder" a las últimas consecuencias. Uno que tiene una noción de sí como alguién a quien no le sirven los sentimientos de lástima y misericordia. En palabras de mi abuelita, un "desalmado".

Todos y todas, alguna vez nos sentimos así. Creemos que el mundo nos pertenece y que nuestra comprensión de él es la única aceptable. Y quien no se ajuste a ello, sencillamente debe desaparecer de nuestro rumbo. Aunque no aniquilemos en su sentido literal, arruinamos dignidades, vocaciones y sentimientos. Nos convertimos en personas implacables e intolerantes. Todo porque "tenemos el saber de la verdad" y porque lo defendemos hasta lo último. Este, preciso yo, es el malestar al que Freud señala en su breve escrito, el malestar de la cultura que naturaliza e invisibiliza la violencia auto-destructora.

Un malestar técnico es a lo que J. Ellul (1968) llamó la "infección directa al sentido común". O sea, es una búsqueda irracional de la comodidad individual a costa de la incomodidad del Otro/a. Una ética de la libertad en términos destructivos. Pero un momento, esta infección es contagiosa. Sus efectos son tan letales como paralizantes. Es un malestar que requiere algo más que un "pañito con agua tibia".

Pero y ¿Cómo tratar con este malestar?

La tecnificación vulgar de la vida humana es una animadversión del nuestro estar-en-el-mundo. Comprende una actitud cosificadora del estar en el mundo; una cierta mentalidad hacia el cálculo y la utilidad, sin pérdida del mismo cálculo y utilidad. Es un querer trascender los limites de lo limitado. Implica un uso exacerbgado de lo que podemos y necesitamos; un determinado acabar con lo que puedo acabar por lo que puedo necesitar, importando solo la utilidad y el cálculo. La tecnificación es en términos más nuestros, la cosificación de las fuerzas y de la vida humana.

Si este malestar es una actitud y postura frente a la realidad, entonces debe ser tratado así mismo; sin fundamentalismos ni reduccionismos absurdos. El catálogo moral del medioevo de lo bueno y lo malo no funcionan para tratar con este malestar. Todo el mundo "sabe y conoce" este catálogo; es más, se posicionan a partir de él. Sin embargo, quienes se ubican desde lo bueno son los que hacen las guerras, fraudes y engaños más retorcidos de la historia. Así que eso de curar el malestar de esta cultura con base en los paradigmas moralistas no es algo realista.

No obstante el problema de nuestro malestar en un problema ético y moral. El problema es que la moral es una palabra que, al igual que todas, se de-contruuyó. Ahroa sobre ella habla cualquiera; antes era Dios o sus representantes. Hoy día Facebook, CocaCola y el dolar hablan más fuerte que Dios. Quien hable de moral hoy, será escuchado mientras aparezca en MTV, gane un premio Grammy o un Oscar; en fin, cualquier dios mediatizado. Esto nos dice que el problema sobre lo bueno y lo malo dejó de serlo, para dar lugar ahora al problema de lo "actual" y lo "obsoleto", de "lo gordo" y lo "flaco", de "lo exitoso" y "lo fracasdo" (In/Out), de "lo bello y lo feo". Estas son las nuevas categorías éticas y morales que impone la globalización.

En otras palabras, esas categorías son auqellas muletillas que permiten al sujeto enfermo permanecer de pie mientras está por caerse. El malestar en tratamiento capitalista: no curarte, no matarte: mantenerte. Esa lógica de la tecnificación no funciona sin la dependencia de nosotros a ella. Seres "independientes" son peligrosos porque no son mantenidos por sus leyes y dinámicas. En cambio, quienes dependen, todo el tiempo son mantenidos en su estar "actualizados, delgados, exitosos y bellos" ante el mundo. Lo anterior es lo moralmente y virtuosamente alcanzable.

Entonces, ¿Como estar en este mundo sin aquellas muletillas? ¿Es eso posible? ¿Por qué usamos/reproducimos las muletillas? ¿Como pensar un bienestar en esta cultura amenazada con el virus de la enfermodernidad?...(Continúa..)